El terrorista Abimael Guzmán falleció a los 86 años, en septiembre de 2021, a un año de que se cumplieran 30 años de su captura. Murió mientras cumplía cadena perpetua, solo, sin pena ni gloria, y cargando en su conciencia -si la tenía- la muerte de miles de peruanos.
Abimael Guzmán, el mayor asesino de la historia de Perú, murió hace un año y sus restos fueron reducidos a cenizas, las mismas que ahora envuelven su figura, prácticamente olvidada en un país al que le dejó una herencia de muerte y terror como líder y fundador de la banda terrorista Sendero Luminoso.
Falleció a sus 86 años, por neumonía. Solo, sin pena ni gloria, y cargando en su conciencia -si la tenía- la muerte de miles de peruanos, mientras cumplía cadena perpetua en una cárcel militar de máxima seguridad del Callao, donde estaba recluido desde 1992.
Al día siguiente de su deceso, cuando se cumplían exactos 29 años desde su captura, las portadas de los principales diarios peruanos celebraban la muerte del «monstruo», del «diablo», del «mayor genocida de la historia» del país, que sonaba como una suerte de losa final a la etapa de violencia y mortandad que azotó Perú entre 1980 y 2000.
«Nadie sintió dolor, ninguna pesadumbre, ni siquiera su familia o los pocos familiares que le quedan, que no quisieron recoger el cadáver», recuerda a Efe el escritor Umberto Jara, autor del libro «Abimael: El sendero del terror» (Planeta, 2021).
Si bien, como un acto reflejo del alma colectiva, la noticia de su muerte incendió dolorosos recuerdos de quien, bajo una bandera maoísta, encarnó las peores atrocidades de una larga guerra, el debate nacional pronto se centró en qué hacer con su cadáver, ante el temor de que el sitio donde pudiera ser enterrado se convirtiera en un lugar de peregrinación.
Finalmente, tras 13 días en la morgue, sus restos fueron incinerados en un acto que ahora parece haber sepultado una historia que muchos ya consideran archivada. Sobre sus cenizas, nadie sabe qué fue de ellas. Tampoco ha despertado interés.


